Hemos sustituido la carta de papel por una lectura digital. Pero solo aparentemente. En realidad lo que hemos sustituido es a una persona.

Hasta hace poco, para saber qué vino pedir en un restaurante había que hacer algo muy arriesgado como es el preguntar. En algunos casos se hacía porque no teníamos ni idea y no pasaba nada oiga, y en otros casos se hacía porque buscabas la recomendación del profesional de la sala, bien fuese el sumiller o el camarero experimentado y con bagaje.

Había una especie de toma y daca ritualístico en el que el cliente quería algo relacionado con la calidad, pero con fondo de precio, disfrazado en ocasiones de idoneidad con la comida pedida. A todo esto el sumiller, acertaba o no, pero la mayoría de las veces la cosa acababa bien.

Ahora no. Ahora escaneas un código QR que, en el mejor de los casos funciona con tu móvil que una vez escaneado te lleva a una página de juegos porque tu lector está cargado de publicidad y le echas la culpa al restaurante. Situaciones reales y surrealistas aparte, el QR “nació” para la mayoría en la pandemia y curiosamente, se quedó. Tuvo todo el sentido en el momento en el que el contacto debía estar limitado para evitar contagios, pero hubo quien vio una manera cómoda de venta.

Y no seamos hipócritas porque el QR tiene ventajas reales versus las cartas físicas. Una carta digital se puede actualizar prácticamente al instante y puede ofrecer incluso más información de la que en algunos casos quisiéramos. Se acaba una añada o referencia y desaparece. Con lo cual, el “de este no nos queda” ha desaparecido y la nostalgia humana aparece para algunos. Y luego, puedes mirar la columna de la derecha (la del precio) sin que nadie se dé cuenta.

Pero fijémonos que estamos hablando de una herramienta digital que probablemente, sea una aplicación en una tablet del propio local y que no tiene nada que ver con lo que mayormente podemos encontrar tras el Quick Response que escaneamos con nuestro propio teléfono móvil: el PDF. Y es que un PDF no deja de ser un documento estático como un papel y estético en algunos casos, pero que se convierte en un listado sin alma al que debes meterle los dedos para hacer zoom y automáticamente volver a “encoger” porque te has pasado y no ves nada. Eso siempre y cuando, la cobertura te permita conectarte sin tener que pedir el wifi del local. En definitiva, una carta que muestra, pero no escucha lo que quieres.

El trabajo de un sumiller o de un buen camarero no es leerte la carta. Es entender la mesa y lo que en esta sucede. La interpretación del personal de sala es algo inherente al profesional dedicado al servicio y a la atención al cliente que un día te pide algo con cuerpo y sin importar el precio y otro dia algo más ligero y más baratito. Y todo eso sin preguntar. Solo mirando y escuchando.

El QR en cambio, te deja a ti toda la responsabilidad y no se la juega nunca. De las 200 referencias que hay, tú eliges y si te equivocas, pues ajo y agua. Al sumiller se lo dirías pero al QR no le dices nada (obviamente) porque es como aceptar que el que se ha equivocado eres tú. Otra ventaja. Esta vez para el restaurador. No le puedes echar la culpa a nadie. Pero… dicho así parece que lo comentado anteriormente sean ventajas solo para el cliente. Y no es así ni mucho menos. Aquí todos ganan y todos pierden.

El QR no mata al sumiller. Ni siquiera mata al camarero experimentado. Ni al sin experimentar. El QR es el mal menor. Y ¿por qué? Pues porque como ya hemos hablado, no hay personal. Y alguno podrá pensar ¿y eso que tiene que ver con que la carta esté en QR o en papel? Pues sí. El QR está en la mesa habitualmente. La carta hay que traerla. Y llevársela. Y guardarla. Y limpiarla (en algunos casos). El documento base, si es un PDF lo puedes cambiar cuando quieras y no tienes por qué tener vinos que no quieres tener. En la carta clásica de papel, si no te queda de algo, o lo dices, o lo tachas, o lo tapas o debes cambiar e imprimir todas las cartas de nuevo.

Y cuando finalmente te has decidido, se lo dices al camarero y, con un par, te trae otra cosa diferente porque no tiene ni idea de lo que hay dentro de la botella, ni de donde viene, ni de que variedad, ni si vale más o menos. Y eso, en papel o en QR, sigue pasando.

Publicado en VINETUR