Llevo más de 40 años oliendo corchos, y os confieso una cosa: nunca pensé que acabaría hablando de algoritmos y de taninos en el mismo artículo. Pero esto es lo que hay. La inteligencia artificial ha entrado en nuestras vidas por la puerta grande y sin llamar. Y en el sector del vino, también. Pero, no creo que haya venido a quitarnos el trabajo. Viene a quitarnos excusas.

El viñedo ya no es solo vino y paciencia
Y para hablar de todo esto, empecemos por lo básico. Por la tierra. Durante siglos, nos hemos guiado por la experiencia, por el calendario lunar, por el ojo entrenado para saber cuándo hay que vendimiar o cuando hay que esperar o por la intuición. Hoy en dia, la intuición convive ya con sensores que miden la humedad del suelo cada media hora, drones que sobrevuelan las cepas “mirando” a ver si las plantas tienen estrés hídrico y modelos predictivos que anticipan que te ataque el mildiu con más antelación que Roberto Brasero en la tele hablando del tiempo.
Ya hay bodegas en muchas zonas, como por ejemplo en Rioja o Penedés que están trabajando con plataformas digitales dedicadas a la agricultura que cruzan datos climáticos, satelitales y de suelo para decidir qué parcela debe ser regada y podada o a que parcela no hay que hacerle nada. Y esto siempre lo ha hecho el enólogo. No tocar nada muchas veces es la mejor decisión. La diferencia es que ahora la confirmación nos llega desde un algoritmo.
¿Y esto sustituye al enólogo? Pues sinceramente, creo que no. Lo ayuda y libera de ciertas labores más pesadas y tediosas mirando al suelo y al cielo prácticamente todo el dia, sin darle tiempo a otras cosas importantes como decidir con criterio. Y el criterio, no lo da una máquina. Por lo menos, aun lo sabe hacer del todo bien. Pero, tiempo al tiempo.
La bodega convertida en una cloud de datos
Cuando empezamos a escudriñar el trabajo de la bodega, esto se pone interesante. La fermentación, que en muchos casos hasta no hace demasiado tiempo, era casi un acto de fe, ahora esta monitorizada en tiempo real y con mediciones muy precisas. Temperatura, densidad, población de levaduras o evolución de los azucares. Todo queda registrado y sobre todo, todo se puede corregir antes de que sea demasiado tarde.
Y esto que a muchos les hubiera parecido ciencia ficción no hace tantos años, es pura ciencia y operativa estratégica. Y nos guste o no, la operativa es lo que separa a una bodega que factura de una que sobrevive a base de cierto romanticismo que, luego no se convierte en beneficio.
Puedo afirmar, que he visto como proyectos de bodega donde la digitalización del proceso productivo no ha restado ni un ápice de “artesanía” al producto final. Al contrario de lo que se pueda pensar, ha permitido repetir los aciertos y no repetir los errores. Básicamente lo que llevan haciendo los enólogos durante toda la vida pero ahora la memoria que antes dependía de una libreta de bodega y de la propia del bodeguero, ahora está perfectamente controlada entre bites y displays.
El marketing del vino se reinventa por narices
Aquí es donde el sector se ha llevado el mayor bofetón. Y también donde más se resiste a mirar una realidad que tiene enfrente. Las reglas del juego, han cambiado. Durante décadas el vino se ha vendido por una etiqueta bonita, una historia familiar durante no se sabe cuantas generaciones y un sommelier con buena labia. Pero eso ya no basta. El consumidor de hoy, sobre todo el que tiene menos de cuarenta años y cada vez bebe menos, pero bebe mejor, busca la información en la red antes de comprar, hace una comparativa online, lee reseñas y decide muchas veces sin pisar una bodega o probar un vino.
La inteligencia artificial generativa ha llegado para ayudar a las bodegas a contar su historia de una forma más rápida y mucho más segmentada, con contenidos personalizados dependiendo del cliente, recomendaciones de maridaje automatizadas (que horror por la parte que me toca), chatbots que resuelven dudas sobre una añada si mirar el reloj, porque el algoritmo no duerme aunque el bodeguero o el comercial si lo haga. Herramientas de análisis predictivo que anticipan que vino se va a vender mejor y en qué época del año, ahorrando errores de producción que antes se pagaban muy caros.
Pero hay que tener cuidado, porque aquí hay una trampa en la que caen muchas bodegas. Y es el escribir o describir sin alma un vino con nuestra amiga la inteligencia artificial. Y dejadme deciros, por la parte que me toca, que un texto generado sin criterio se nota a la legua. La tecnología nos puede dar velocidad y datos. Crear contenido con facilidad y sobre todo comodidad. Pero la voz, la que conecta con el cliente final, la sigue poniendo una persona y no un avatar. Quien delegue eso por completo, va a vender menos seguro.
La experiencia del cliente puede mejorar sin perder demasiado el alma
En la bodega, en la tienda y en el propio restaurante, la digitalización también ha cambiado algunas reglas. Cartas de vinos digitales con recomendaciones inteligentes, sistemas que sugieren el maridaje según el plato, apps que permiten al cliente escanear una etiqueta y acceder al instante a la ficha técnica completa de la añada.
Todo esto no sustituye al sommelier de sala. En algunos casos, lo complementa y, en el mejor de los casos, lo hace parecer más brillante porque llega a la sala con la información ya masticada y reciente. Atrás ha quedado la virtud de la memoria para poder ejercer la sumillería.
En la bodega, en el turismo enológico, pasa lo mismo. Experiencias inmersivas, recorridos virtuales por el viñedo antes o durante la visita, sistemas de gestión que optimizan las reservas y evitan esos colapsos típicos de los fines de semana o épocas estivales. La tecnología bien usada, no despersonaliza la visita de la bodega. Ayuda a las personas a prepararla mejor para que, cuando llegue el visitante, el tiempo que pasa con el equipo humano sea el que de verdad cuenta.
Lo que la inteligencia artificial no puede hacer, y que conste
Y aquí llego a la parte que más quiero defender, porque llevo toda mi vida viviendo de ello. Ninguna máquina cata vinos. Ninguna máquina siente o hace sentir la emoción de abrir una botella. Ninguna máquina transmite pasión contando por qué ese pago en concreto o esa orientación, da un vino distinto a la parcela de al lado.
La inteligencia artificial procesa datos. El vino en cambio, sigue siendo memoria, territorio, oficio, trabajo, esfuerzo y personas. Lo que cambia no es la esencia del producto, sino la manera en que llegamos ha hacerlo mejor, contarlo mejor y venderlo mejor. Quien entienda la tecnología como una amenaza, se quedará mirando como pasa el tren. Quien la entienda como una herramienta más en la bodega, junto a una barrica o una pipeta, le sacará ventaja que el que no la usa tardará años en alcanzar.
La formación es el eslabón que nadie nombra
De todo aquello que rodea la digitalización del sector, hay una parte que se comenta poco y que a mí, como formador, me toca de cerca. De nada sirve contratar una suscripción de un mes a la mejor inteligencia artificial, comprar el sensor más caro o inscribirse en la plataforma de análisis más sofisticada si nadie en la bodega sabe interpretar o utilizar la información que esa herramienta le está dando.
He visto inversiones tecnológicas notables aparcadas en un cajón porque nunca se recibió la formación correcta y necesaria para sacarle el máximo partido a la herramienta. La tecnología no falla casi nunca. Lo que falla es la planificación y la interacción de quien va a usarla.
Esto exige un cambio de mentalidad tan importante como el propio cambio tecnológico. El enólogo y el bodeguero, deben aprender y entender que debe conocer los datos igual que reconoce la variedad por la hoja. Y el equipo comercial necesita entender el análisis de datos igual que conoce las técnicas de venta.
No hace falta que se conviertan en ingenieros , pero si que pierdan el miedo. Las academias, las escuelas de hostelería, las facultades de enología y los propios consejos reguladores tienen aquí una responsabilidad que todavía no han asumido del todo aunque vayan avanzando. Deben acompañar la digitalización con una formación real y no con una charla de dos horas para quedar bien en la memoria anual.
Pequeñas bodegas, grandes decisiones
Se suele hablar de la inteligencia artificial como si solo estuviera al alcance de las grandes bodegas, con departamento de I+D propio, y es un error que conviene desmontar cuanto antes.
Muchas de las herramientas más útiles hoy son accesibles, escalables y sobre todo, baratas, comparado con lo que costaban hace cinco años. Una bodega familiar de tamaño medio puede permitirse un sistema de reservas inteligente, una herramienta de generación de contenido para sus redes sociales, o un panel de control que le diga en que mercado está vendiéndose mejor alguno de sus vinos.
La diferencia no la marca el tamaño de la bodega. La marca la actitud de quien la dirige. Conozco proyecto muy pequeñitos que han sabido introducir herramientas digitales de manera progresiva sin necesidad de perder el foco en lo esencial para ellos. Y también conozco bodegas grandes que siguen gestionando su relación con los clientes y el mercado como si estuviésemos en 1995. El tamaño de la bodega y su potencia económica ayudan, pero no es la variable que decide quién se queda atrás o no.
El futuro ya está descorchado
El sector del vino español , con su enorme diversidad de denominaciones de origen, procedencias y su tejido ingente de bodegas familiares, tiene ante si una oportunidad muy clara en lo que se refiere a digitalizarse sin renunciar a su singularidad. No se trata de convertir una bodega en una start-up. Se trata de usar las herramientas que existen en la actualidad para tomar mejores decisiones, contar mejor una historia y llegar a un consumidor que cada vez bebe menos, pero exige más.
La inteligencia artificial no va a hacer mejor vino. De hecho, no va a hacer vino porque no puede. Pero puede ayudar a que las personas que si lo hacen tomen mejores decisiones y cometan menos errores para llegar a más gente con menos esfuerzo. El resto, la parte que de verdad importa, va a seguir dependiendo de la tierra, del clima, del oficio y sobre todos, de las manos que han cuidado las cepas durante generaciones. Y para que quede claro por si se nos había olvidado, eso, de momento, ningún algoritmo lo sabe hacer.
Si me preguntan si la inteligencia artificial va a cambiar el sector del vino, mi respuesta es sí. De hecho, ya lo está haciendo. Pero no va a saber descorchar una botella con quien amamos. Personas: 1 Algoritmo: 0.
NOTA: Como todos sabeis, Vinos y Restaurantes es una revista impresa por lo que añado las imágenes del artículo en su número 290 de octubre de 2026.



