Ocho siglos de historia, una sola uva y la mayor colección de estilos que puede ofrecer un territorio vinícola. Que nadie se atreva a llamarle vino de aperitivo.

Hay vinos que necesitan marketing. Y hay vinos que lo que necesitan es justicia. El Jerez pertenece inequívocamente a la segunda categoría. Pocos territorios vinícolas del mundo atesoran tanta complejidad, tanta historia y tanta variedad tipológica como el Marco de Jerez, y sin embargo ninguno ha sufrido tanto el peso de la simplificación. Durante décadas, el Jerez fue el vino del aperitivo, el líquido ambarino que alguien servía antes de la comida en un vaso pequeño o la característica copa de cata también minúscula, casi como disculpándose. Ese agravio histórico tiene los días contados. O al menos, debería.

Tres mil años no se improvisan

La historia del vino en la zona de Jerez de la Frontera es tan larga que resulta incómoda para cualquier denominación joven. Los fenicios ya cultivaban vid en estas tierras hace aproximadamente tres mil años, y los romanos continuaron la tradición exportando vinos de la región a lo largo de todo el Imperio. Pero fue durante la Edad Media cuando el Marco de Jerez comenzó a construir su identidad moderna. Paradójicamente, bajo dominación árabe, que no solo no suprimió la viticultura, sino que convivió con ella durante siglos, la zona mantuvo su producción.

Con la Reconquista castellana, Jerez pasó a manos de la Corona y sus vinos empezaron a fluir hacia Inglaterra, mercado que acabaría siendo determinante para su consolidación internacional. En el siglo XVI, los comerciantes ingleses ya habían caído rendidos ante lo que ellos llamaban ‘sherry’, deformación fonética del topónimo árabe Sherish. Shakespeare lo citó. Francis Drake lo saqueó. Y el resto, como suele decirse, es historia. Una historia que moldeó un sistema de crianza único en el mundo: la solera.

Palomino: la uva que sabe borrarse para que brille el vino

Hablar del Jerez es, inevitablemente, hablar de la Palomino Fino. Esta variedad blanca, discreta en aromas, neutra en azúcar, con una acidez moderada y una alta producción, no sería precisamente la primera candidata en ningún casting de variedades nobles. Y sin embargo, es exactamente esa neutralidad la que la convierte en la uva perfecta para este sistema de crianza.

La Palomino Fino no compite con el proceso: lo sirve. Es el lienzo sobre el que el tiempo, los microorganismos y el sistema de soleras van pintando una obra que no tiene equivalente en ninguna bodega del mundo. Sin el velo de flor, esa capa de levaduras autóctonas que cubre los vinos en crianza biológica, la Palomino sería poco más que un vino blanco andaluz sin vocación. Con ella, se transforma en algo radicalmente distinto.

Junto a la Palomino, el Marco de Jerez cuenta con dos variedades secundarias de enorme valor: la Pedro Ximénez, capaz de producir vinos dulces de una concentración extraordinaria, y la Moscatel, que aporta aromas florales y un dulzor más fresco. Ambas tienen su propio espacio dentro de la denominación, aunque es la Palomino quien soporta el edificio entero.

El sistema de soleras: tiempo convertido en método

Antes de hablar de tipologías, es imprescindible entender el sistema que las hace posibles. La solera es un método de crianza fraccionada en el que el vino no envejece solo ni de forma estática, sino en convivencia permanente con vinos de distintas añadas. Las botas, normalmente barricas de roble americano de 600 litros, se organizan en filas superpuestas o alineadas. La fila más antigua, la solera, es de donde se extrae el vino para ser embotellado.

Acto seguido se rellena desde la criadera inmediatamente superior, y así de forma escalonada hasta completar el ciclo con vino nuevo. El resultado es un vino sin añada, pero con memoria. Un líquido que conserva en su ADN fragmentos de todos los años anteriores, que puede tener décadas de promedio de crianza y que nunca es exactamente igual, pero siempre es reconociblemente el mismo. Es un sistema que desafía la lógica del vino convencional y que solo puede entenderse, plenamente, al catarlo.

Esta explicación, está muy reducida y todo es mucho más complejo. Para que se entienda, lo he simplificado. Llevo más de una década siendo Formador Homologado de los Vinos de Jerez y entre la complejidad y la pasión, esto podría alargarse muy mucho.

Tipologías: el universo en una denominación

Aquí es donde el Jerez deja sin argumentos a sus detractores. Ninguna otra denominación de origen del mundo ofrece, bajo un mismo paraguas territorial, tantos estilos vinícolas radicalmente distintos entre sí.

El Fino es el jerez más fresco y delicado, criado íntegramente bajo velo de flor. Pálido, salino, con aromas de almendra verde y levadura, es la expresión más viva de la Palomino sometida a crianza biológica.

Su hermano atlántico es la Manzanilla, producida exclusivamente en Sanlúcar de Barrameda, donde la influencia del Guadalquivir y el Atlántico generan un microclima que mantiene el velo de flor más activo durante más tiempo, produciendo un vino si cabe más fino y con ese punto yodado inconfundible.

El Amontillado es el resultado de un Fino al que se ha permitido que el velo de flor muera, iniciando una segunda fase de crianza oxidativa. El vino gana en color, de pajizo a ámbar, en estructura, en complejidad aromática. Nueces, cera, tabaco, cuero. Un puente fascinante entre dos mundos.

El Oloroso prescinde desde el principio del velo de flor, se encabeza con alcohol vínico a mayor grado desde el inicio, y envejece puramente por oxidación. Es más oscuro, más untuoso, con aromas de frutos secos tostados, madera vieja y especias. Potente y elegante al mismo tiempo.

El Palo Cortado es, quizás, el más enigmático de todos. Un vino que comenzó su vida como Fino o Amontillado y tomó, por razones que ni la ciencia explica del todo, el camino del Oloroso. Tiene la nariz del Amontillado y el paladar del Oloroso. Una rareza que los entendidos disputan como si fueran cromos.

Y finalmente, el universo dulce, que merece más respeto del que habitualmente recibe. En su forma más pura, el Pedro Ximénez es un vino elaborado con uvas pasificadas bajo el sol andaluz hasta perder la mayor parte de su agua, concentrando azúcares a niveles casi inverosímiles.

El resultado es un líquido entre marrón oscuro y negro como la tinta, de densidad casi de jarabe, con aromas de higo paso, dátil, chocolate negro, café tostado y regaliz. No se bebe: se medita. Su contrapunto es el Moscatel, elaborado con la variedad homónima de Alejandría, más claro de color, con aromas más florales y cítricos, y un dulzor más fresco y menos pesado. Dos vinos mono varietales, dos caracteres radicalmente distintos, ambos legítimos en la alta gastronomía.

Pero el capítulo dulce del Jerez no se agota en los mono varietales. Existe toda una familia de vinos de ensamblaje que la denominación regula y que el mercado consume con entusiasmo, especialmente fuera de España.

El Cream es el más conocido: un Oloroso dulcificado con Pedro Ximénez, de color caoba profundo, aromas de frutos secos y madera con un fondo dulce bien integrado. Harvey’s Bristol Cream lo convirtió en icono global, para bien y para mal, porque su éxito popular arrastró también cierto estigma de vino poco sofisticado que el Cream de calidad no merece.

El Medium trabaja sobre una base de Amontillado u Oloroso ligeramente dulcificado: menos azúcar, más estructura, más acidez, un territorio de equilibrio que resulta más versátil en la mesa de lo que su discreción sugiere.

Y el Pale Cream es, quizás, el más paradójico de la familia: un Fino o Manzanilla al que se añade mosto concentrado para aportar dulzor, manteniendo sin embargo ese aspecto casi transparente. Vino de apariencia seca y carácter dulce. Una contradicción que en el Marco de Jerez resulta completamente coherente.

La distinción fundamental que conviene tener clara es esta: PX y Moscatel son tipologías de origen y variedad, vinos con identidad propia construida desde la uva. Cream, Medium y Pale Cream son tipologías de ensamblaje y dulzor, vinos construidos sobre bases ya definidas a las que se modula el nivel de azúcar.

No es una jerarquía de calidad, sino una diferencia de concepto que el consumidor informado debería conocer. Y que el hostelero, con demasiada frecuencia, ignora olímpicamente. Y este melón no voy a abrirlo para no levantar ampollas, pero estaría bien que los restauradores conocieran un poco más las joyas líquidas que tenemos. Y no solo por la inherente defensa del vino, sino por la propia rentabilidad que como negocio alberga el conocer lo que vendes o podrías vender.

Los vinos que el filtro no debe tocar

Hay dos categorías dentro del Marco de Jerez que la industria tardó demasiado en reivindicar y que hoy representan, para muchos entendidos, la expresión más honesta y emocionante de toda la denominación. No son tipologías nuevas. Son, en realidad, la forma más antigua de entender estos vinos: sin intervención, sin cosmética, sin el pulido industrial que durante décadas convirtió algunos vinos de Jerez en un producto homogéneo y predecible.

Para entenderlas, conviene conocer antes el lenguaje con el que los capataces de bodega han clasificado sus vinos durante siglos.

Las palmas son un sistema de marcas organolépticas con el que se determina el destino de cada vino durante su crianza. Una palma indica un vino limpio, con buen velo de flor, apto para crianza biológica: será Fino o Manzanilla. Dos palmas señalan un vino que evoluciona bien bajo flor pero con más cuerpo y carácter: candidato a Manzanilla Pasada o Amontillado. Tres palmas o palma cortada o tachada marca un vino que ha perdido el velo de flor de forma inesperada, o que presenta características a medio camino entre la crianza biológica y la oxidativa.

De aquí nace el Palo Cortado: el nombre del vino más enigmático de la denominación viene literalmente de esta marca de bodega, de esa palma cruzada que el capataz trazaba cuando el vino tomaba un camino que nadie había previsto. La raya identifica los vinos robustos sin aptitud para el velo de flor, pero destinados desde el principio a crianza oxidativa y que se convertirán en Olorosos.

Un sistema de notación que tiene siglos de antigüedad y que todavía hoy determina el destino de cada bota. Todo esto es muy complejo ¿verdad? Pasemos a otra cosa.

El Fino y la Manzanilla En Rama son vinos extraídos de la bota con una intervención mínima: sin filtración estabilizante, sin clarificación agresiva, con una ligera estabilización en frío como única concesión a la logística.

El resultado es un vino vivo, turbio en ocasiones, con una textura más amplia y una complejidad aromática que el proceso de filtrado convencional destruye silenciosamente. La levadura está presente.

El velo de flor deja su huella táctil. Hay algo casi animal en un buen En Rama que ningún Fino embotellado al uso puede igualar. Son vinos estacionales, ya que la saca se hace en primavera, cuando el velo de flor está en su momento óptimo. Es la más valorada y con una vida útil en botella más corta y caprichosa. Precisamente por eso los mejores sumilleres del mundo los tratan con respeto, con temperatura adecuada y con cierta urgencia.

La Manzanilla Pasada es otra historia, igualmente fascinante y aún más desconocida. Es una Manzanilla que ha permanecido más tiempo en solera del habitual, hasta el punto en que el velo de flor comienza a debilitarse y el vino inicia una transición imperceptible hacia la crianza oxidativa. No es todavía un Amontillado, pero ya no es una Manzanilla convencional. Está en tierra de nadie: ha perdido la frescura punzante de su juventud y ha ganado una profundidad, una textura y una complejidad que la sitúan en un territorio único. Color dorado intenso, aromas de frutos secos con un fondo marino todavía presente, paladar más untuoso y largo. Es el vino de Jerez que más sorprende a quien lo descubre por primera vez, y probablemente el más difícil de encontrar en una carta española. Lo que dice mucho, y nada bueno, sobre el nivel medio de nuestra hostelería.

VOS, VORS y las menciones de edad: el argumento definitivo

Si todo lo anterior no fuera suficiente para reivindicar al Jerez como vino de primera categoría mundial, existe un último argumento que suele dejar sin réplica a los escépticos: el sistema oficial de certificación de vinos muy viejos.

La Denominación de Origen regula dos categorías de envejecimiento excepcional reservadas exclusivamente a Amontillado, Oloroso, Palo Cortado y Pedro Ximénez, las cuatro tipologías con capacidad real de mejorar con el tiempo.

El VOS (Very Old Sherry) certifica un envejecimiento medio mínimo de veinte años. El VORS (Very Old Rare Sherry) eleva ese umbral a treinta. Y lo que los distingue de cualquier otra mención de crianza en el mundo del vino es esto: la edad no es autodeclarada por el bodeguero.

El Consejo Regulador exige verificación analítica mediante isótopos radioactivos de carbono-14 para certificar científicamente que el vino tiene realmente esa antigüedad media. Es uno de los pocos sistemas de certificación de edad vinícola con respaldo científico real en el mundo entero. Un VORS de Amontillado o de Palo Cortado es uno de los vinos más complejos que puede servir un sumiller.

Hablamos de líquidos con décadas de historia acumulada, con una concentración aromática sin parangón y con precios que siguen siendo ridículamente bajos comparados con lo que costaría algo equivalente en Burdeos o Borgoña. Ahí está el escándalo real del Jerez: no en su historia, sino en su precio.

Maridaje sin fronteras: el jerez que nadie nos enseñó a usar

Un apartado en el que llevo más de un cuarto de siglo experimentando y escribiendo, y que sigo creyendo que es el gran argumento sin usar del Jerez. El gran secreto que la industria hotelera española no ha sabido explotar es la versatilidad gastronómica del Jerez. Mientras los sommeliers del mundo anglosajón llevan años maridando Fino con ostras y sushi, aquí seguimos sirviendo los vinos de Jerez con jamón, en el mejor de los casos. Tras mucho experimentar y escribir sobre los maridajes con los vinos de Jerez, sirvan estas líneas como apunte mínimo de su versatilidad.

El Fino y la Manzanilla son compañeros perfectos para cualquier marisco, para los fritos andaluces, para el jamón ibérico y para la cocina japonesa más delicada. Su salinidad y su frescura funcionan donde un vino blanco convencional se quedaría corto.

El Amontillado acompaña con soltura los guisos de caza menor, los arroces melosos, los quesos semicurados y los platos de setas.

El Oloroso marida con rotundidad carnes en salsa, estofados y quesos curados de carácter.

El Palo Cortado es, quizás, el vino más polivalente de toda la denominación: sirve en la mesa como en la sobremesa, con platos complejos o simplemente en compañía de su propia complejidad.

Y el PX, que muchos reducen a helado de vainilla, es en realidad el acompañante ideal de los postres de chocolate, los quesos azules, el foie gras y los frutos secos caramelizados. Un vino que puede comenzar y terminar una comida sin perder dignidad en ningún momento.

El momento es ahora

El Jerez vive un momento de reivindicación silenciosa pero sólida. Una generación de bodegueros jóvenes está recuperando vinos añejados durante décadas, rescatando fincas de viñedo antiguo en pagos históricos como Añina, Macharnudo o Carrascal, y apostando por elaboraciones más defensoras del terruño.

Fuera de España, el interés no ha dejado de crecer: Copenhagen, Londres, Nueva York y Tokio tienen en sus cartas de vinos listas de vinos de Jerez que avergonzarían a cualquier carta española. Los amantes del vino más curiosos del mundo llevan años bebiendo jerez con los mismos códigos con los que se acercan a un gran Borgoña o un Barolo.

El trabajo pendiente está en casa. Aquí. En convencer al hostelero de que una copa de Jerez bien servida, en copa de vino, tiene un protagonismo propio que pocos vinos blancos poseen. En educar al consumidor para que entienda que el Amontillado no es cosa de abuelas ni el PX una anécdota dulce. En situar el Jerez donde siempre ha merecido estar: en el centro de la mesa. No como preludio. No como final. Como lo que es: uno de los grandes vinos del mundo.

NOTA: Como todos sabeis, Vinos y Restaurantes es una revista impresa por lo que añado las imágenes del artículo en su número 285 de mayo de 2026.