Algunas generaciones recuerdan con melancolía las comidas hogareñas. La abuela ya no está… ni sus guisos tampoco ¿Hacia dónde va la gastronomía… de casa?

No hace tanto, tan solo unas décadas, podías despertar por la mañana y notar la fragancia de la comida que preparaba tu madre o la abuela desde hacía ya rato. Aromas que emanaban desde la cocina inundando toda la casa y que prácticamente te acompañaban durante todo el día hasta la hora de sentarse a la mesa, con todos. Sin distracciones. La comida era la protagonista absoluta. ¿Sonríes? Es porque lo has vivido.

Ahora todo ha cambiado. Nadie nos despierta y es la estridente alarma del teléfono móvil la que te hace abrir los ojos. Ya no huele a nada, o como mucho, notas un tímido aroma a café de cápsula antes de salir pitando para ir a trabajar, no sin antes de sacar algo del congelador para cuando vuelvas pasarlo por la sartén o el microondas y ya has comido. ¿Qué comiste ayer? No sé, no me acuerdo. Fijaros como de un párrafo a otro hemos pasado de recordar algo de hace años a olvidar el día anterior. Que pena.

Hemos tenido que inventar el movimiento slow life para darnos cuenta lo mal que vamos. Y en lo que a la cocina se refiere podemos ver restaurantes con el distintivo slow food, pero, cuando volvemos a casa, todo vuelve a la “normalidad”. Y aprovechando la palabreja, parecía que la obligatoriedad de quedarnos en casa nos iba a reconducir a la recuperación de las largas cocciones y a las elaboraciones íntegras, en cuanto nos han dado pista libre hemos salido disparados de nuevo a comprar un risotto de bolsa “calentar y listo”.

Tenemos que remontarnos a mitad de los años 50 para poder hablar de que en España se podía comer, en el más amplio sentido de la palabra, porque hasta entonces y desde la Guerra Civil, el fantasma de la hambruna y la pobreza campaba a sus anchas por toda la geografía y el racionamiento de alimentos instaurado por el régimen no daba para grandes recetas. Pero poco a poco, entre la represión de la dictadura, la regresión económica, la crisis del petróleo y los pactos de la Moncloa, la comida iba entrando en los hogares. Y aquí es cuando se agudiza el ingenio de muchas grandes mujeres que, sin tener estudios más allá de la obligación de aprender a coser, preparaban varias recetas con pocos ingredientes. Hablarles a ellas de la cocina de aprovechamiento, tal y como la conocemos hoy en día, hubiese provocado reacciones entre el asombro, el no me hagas reír y la indignación por todo lo que llegamos a tirar a la basura.

Aunque muchos puedan pensar que el factor tiempo nos resta capacidades culinarias, lo que nos lo resta es la necesidad. Todos hemos oído esas frases excusas tal que “como antes las mujeres no tenían que trabajar podían dedicarse a la cocina”. Como si todo el trabajo realizado en casa, como si las tareas domésticas, como si el cuidado de los hijos, no fuesen nada. Para no caer en palabras malsonantes, prefiero no continuar con la contestación a esas afirmaciones. El tiempo se buscaba. El tiempo se puede buscar. La palabra multitarea es relativamente nueva en nuestro vocabulario, pero desde luego, mejor o peor, recaía en nuestras abuelas y nuestras madres. No es que ahora haya cambiado mucho, aunque aparentemente todo esté más equilibrado, pero ese es otro tema.

Levantarse más temprano e ir hacer la compra con una lista, no por impulsos. Comprar pensando. Hace un poco de gracia, y da pena a la vez, el tener que ver un tutorial de YouTube para organizar un menú y ahorrar, incluso. “Como planificar tus compras y tus menús semanales de forma sencilla” y el consejo de “lo primero, es comprar una pizarra para ponerla en un lugar visible de la cocina” … Pero ¿nos estamos volviendo tontos? Parece que sí, porque podemos ver, además de la enorme “oferta” en internet, especialmente en las redes sociales, un amplio stock de libros de cocina de aprovechamiento, y no desde hace poco.

Nuestras queridas antepasadas iban a comprar y tenían todos estos conceptos clarísimos. “Esto para este día… con esto puedo hacer esto y lo otro… el martes por la noche para cenar, aquello…” Sabían despiezar un pollo y separar trozos de los cuales no sabemos ni el nombre. “Con esta parte de esta verdura podemos hacer…” y nosotros lo tiramos. El caldo de la abuela se llama así por algo. Y el brick que compramos en el super no le llega ni a la suela de los zapatos ni se asemeja.

Hacer carne picada y preparar unas albóndigas para la que necesitabas dos barras de pan porque la salsa era irresistible. Hacer un cocido de esos que lo veías, sin filtros de Instagram, y te hacían saltar las lágrimas mientras exclamabas “madre mía que pinta”. Una tortilla de patata en salsa o unos huevos rellenos. Las icónicas “mejores croquetas del mundo”. Las lentejas con chorizo y arroz. El pollo al ajillo. El arroz con leche y las torrijas… ¡Dios, que rico todo!

Ahora conocemos algunas de esas recetas porque nos hemos apuntado a un taller el sábado por la mañana y entre risas y fotos de postureo para colgar en nuestras stories nos colocamos esa prenda llamada “delantal” tan necesaria para nuestras madres y abuelas, porque lavaban a mano, y tan innecesaria y poco glamurosa para nosotros, excepto si lo llamamos “experiencia culinaria” y lo colgamos a cambio de unos likes.

Hemos sustituido cocinar para nuestras familias, con ir “aquí al lado a picar algo” no sea que se nos caigan los anillos. La oferta de comidas preparadas es inmensa. En algunos supermercados, podemos ver lineales con cientos y cientos de productos y un llamado “rincón del gourmet” donde está la carne, la verdura y el pescado. Todo esto no estaría en oferta si no hubiese una demanda, que todos conocemos esta ley. Lo cual nos indica que cada vez cocinamos menos, básicamente por pereza, pecado capital por otro lado. Si hasta muchos restaurantes compran productos de quinta gama y luego te cuentan que lo hacen ellos. ¿O es que nadie ha vivido esas pseudo patatas fritas, esos callos o esos postres caseros?

Me resisto a pensar que la gastronomía hogareña se reduce a la air fryer y al microondas. Hay quien se compra una Thermomix porque mola, pero luego, tampoco la usa y eso que se ha gastado una pasta. Comprarse un sifón para hacer espuma, está bien. Un guiso de alubias da mucho trabajo. Calentar un pizza, no es cocinar. Los tallarines a la carbonara de sobre que hay que ir moviendo durante diez minutos, pues tampoco. Volvamos al guiso de alubias, que no da tanto trabajo y muchas satisfacciones. A una carne mechada o a un pescado al horno con sus patatitas. Que no sea la campana del temporizador lo que nos despierte el apetito sino el aroma de una simple pero deliciosa sopa de ajo.

NOTA: Como todos sabeis, Vinos y Restaurantes es una revista impresa por lo que añado las imágenes del artículo en su número 245 de Enero de 2023.

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